Hoy os traigo una canción que me cautivo sin escucharla, una canción de esas que te elevan y te llevan a un mundo distinto, sin dejar de estar en este. La encontré por casualidad en el blog de "Lapidiano" http://www.lacoctelera.com/lapidiano.

Esta vez voy a hacer una excepción y voy a copiar un post de otro coctelero íntegramente, y a publicarlo tal cual con un vídeo de la canción, para poner voz a ese escrito, aunque sinceramente no es necesaria.

La canción se llama "Cuando el ángel decida volver" y es de Jose Ignacio Lampido, espero os guste, es fantástica.

-Cuando el ángel decida volver-


La canción comienza con un precioso solo de guitarra acústica, seguida únicamente por la voz de Lapido en primer plano secundada a un tono inferior por la de Víctor, completando la primera estrofa:

Cuando el ángel decida volver
se encontrará con la ciudad vacía:
las tuercas oxidadas,
pero abiertas las heridas…

… cuando el ángel decida volver

Por supuesto que el autor (en este caso Lapido) queda al margen de toda interpretación subjetiva de sus letras, y por ello es inútil buscarle causa a lo que sólo él conoce y sólo –si él lo desea- puede desvelar y que a mí particularmente me resulta secundario y hasta en cierto modo irrelevante. El lector se apropia de las palabras –que por sí mismas sólo disponen de significado- y les otorga el valor y el sentido que desee en función de lo que dichas palabras le transmitan. Y no sólo cada lector es diferente, sino que cada lectura realizada por un mismo lector es igualmente variable en función del cuándo, cómo, dónde, y por qué la realice. Múltiples lectores de infinitas lecturas de una misma obra: lo escrito por el autor.

Y en mi caso no puedo evitar volver a recrear a aquel ángel esperando sus alas sentado en un andén bajo la luz de ciudades en llamas; una ciudad en la que no queda nadie, vacía, porque dios no está ni se le espera -nadie sabe dónde está- y donde la erosión del tiempo (las tuercas oxidadas) es incapaz de cicatrizar las heridas.

A la guitarra acústica se le une la batería, el bajo, y el piano, mientras prosigue a dos voces la canción con la segunda estrofa:

Cuando el tren llegue al anochecer
no habrá música de bienvenida:
esfumada la esperanza
y apagadas las colillas…

… cuando el ángel decida volver

Y esta vez no habrá amantes que suban y bajen del último tren, se habrá esfumado la esperanza (el ángel que esperaba sus alas), se habrán apagado las colillas (no queda nadie en la ciudad), y permanecerá –como el humo de una máquina de tren- la ceniza, o todo aquello que denominemos recuerdo. La escena –aparentemente- resulta desoladora: una ciudad vacía, vieja, oxidada, sin esperanzas, apagada… y que sólo puede ofrecer soledad a quien la visite o –mejor dicho- regrese a ella. ¿Cuándo? No importa, no existe locución condicional. No se trata de si el ángel decide volver. Su regreso ya está decidido, y en el momento en que se produzca -da igual que sea hoy, mañana, o incluso ayer- lo sustancial es lo que hoy, mañana, o cuando sea se encuentre, y que será siempre lo mismo: silencio, soledad, humo, desesperanza… y entonces Lapido nos sumerge y compromete de lleno en la escena mediante el inicio de la tercera estrofa.

Nos verá contando hasta tres
justo antes de emprender la huída:
tomaremos el fracaso
como punto de partida…

… y el amor como dogma de fe.

Cuando el ángel decida volver

Irrumpen las guitarras eléctricas y se abandona la segunda voz. El cuidado y preciso, magistral, tono creciente (los iniciales quince segundos con un solo de guitarra acústica; la primera estrofa en la que a dicha guitarra le acompañan dos voces; y una segunda estrofa donde ya hicieron acto de presencia la batería, el bajo, y el piano), culmina con la explosión de la electricidad haciéndonos plenamente partícipes de ella.

De esta forma frente al silencio, la soledad, el humo, la desesperanza… frente al escenario que inevitablemente encontrará el ángel cuando decida volver… ahí, en ese mismo tiempo y lugar llamado realidad podemos siempre –gracias en este caso a la música de Lapido- disponer de la fabulosa posibilidad de contar simplemente hasta tres (y ya sólo nos faltarían dos hasta desaparecer) emprendiendo la huída y tomando –cómo no- el fracaso como punto de partida (al fin y al cabo en definitiva ya conocemos lo que es ser un hombre con suerte) y el amor –siempre el amor- como dogma de fe. Simplemente soberbio. La música haciendo en este caso posible el milagro. En otros lo será la literatura, o el cine, o la pintura, la danza… pero ahora, escuchando esta maravillosa canción, queda claro que la música es capaz de compensar con creces lo que permanezca lejos de ella ya que afortunadamente siempre decidiremos volver. ¿Cuándo?

Y entonces se produce la lógica y magistral ruptura del hasta entonces esquema lineal para ofrecernos la causa temporal que responda a la pregunta anterior:

Creo recordar que alguien cantó
lo mismo en otra canción
cansado de esperar.

Cuando el ángel decida volver –cansado de esperar a que la realidad posibilite un regreso imposible a lo que nunca existió (lo que pudo haber sido y no fue)- finalizará la espera y podremos huir de dicha realidad siendo plenamente conscientes de que ya sucedió con anterioridad para que pueda producirse de nuevo. Escapamos de la mecánica rutina diaria –cansados de esperar a que dicha rutina varíe por sí sola- y temporalmente decidimos volver a ese espacio donde nada es real y donde cobra sentido la espera: los rincones secretos del alma.

Allí, iluminados por la luz de neón de las ciudades soñadas (la gris y apagada ciudad vacía ya sólo es realidad) los lamentos se hacen canción aceptando el absurdo de la existencia lineal que no tiene ni tendrá nunca explicación. Y sin embargo, en esos rincones secretos, el tiempo es siempre circular gracias a la creatividad artística. No necesitamos un cambio material y real sino que demandamos ser capaces de en toda realidad –por muy absurda y desoladora que sea- encontrar un rincón secreto que nos facilite un nuevo principio del fin de la espera.

I'm so tired, tired of waiting for you, o cansado de esperar lo que ya di por perdido. No importa. El trago más amargo, la verdad cruda y dura de roer, la ciudad vacía, la esfumada esperanza, el corazón destrozado en preguntas sin contestar… Cuando el ángel decida volver por supuesto que allí nos encontrará como siempre, y como siempre nos encontrará –como él- cansados de esperar y emprendiendo la huída hasta –por ejemplo- desaparecer haciendo círculos con humo. Otra vez y una vez más. Los pájaros incandescentes comienzan a volar. Más de lo mismo. Dejemos sonar la música para volver a sonreír al comprobar lo que ella inconscientemente nos provoca en un acto tan rutinario y real como el de bajar unas escaleras que –por supuesto- dispondrán de manual de instrucciones cronopial para volver a ascenderlas. Aunque la ciudad esté vacía o el carrusel abandonado, otra vez y una vez más, volveremos mañana a silbar una misma o diferente melodía sin necesidad de cambiar las reglas del eterno juego, la escala y el tiempo que en este caso concreto regresan al esquema inicial de la canción a dos voces en la siguiente tercera estrofa:

Cuando el ángel decida volver
será el momento de que rompan filas
los que lucharon en la guerra
y los que fueron a la mina…

…a buscar algo en lo que creer.

Ya casi todo está dicho. El final de la espera se produce, y a la huida anterior se le suma la poderosa figura de la deserción de la utopía. Lo más relevante quizás sea la constatación del brillante uso de los tiempos y formas verbales a los que nos tiene acostumbrados el genial compositor. En concreto de la tercer persona singular del tiempo presente modo subjuntivo (cuando el ángel decida volver, cuando el tren llegue al anochecer) pasamos a la primera persona del plural del tiempo futuro modo indicativo (tomaremos el fracaso como punto de partida) hasta llegar en esta estrofa a la tercera persona del plural del tiempo pretérito perfecto simple modo indicativo (los que lucharon en la guerra, los que fueron a la mina) Nubes con forma de pistola, hablando en sueños, mientras las nubes me acompañan, o demasiado tarde (con ese brutal y demoledor cambio final de tiempo) son sólo algunos de los muchos ejemplos que podríamos rememorar al respecto.

Por otra parte, señalar también las relevantes características del sujeto principal de la acción: luchadores y esforzados protagonistas de la búsqueda de una creencia que justifique u otorgue un sentido a su lucha y esfuerzo. Y claro, como nadie encuentra lo que busca, sólo rompiendo con el círculo vicioso, sólo desertando de la linealidad de la apariencia podremos tal vez alcanzar una última estrofa sencillamente memorable:

No tendremos nada que perder
y se hará real la fantasía:
preparad los epitafios
y poned la otra mejilla…

… cuando el ángel decida volver.

Cuando el ángel decida volver.

Ya nos lo avisó en su anterior disco. Frente a la fabulosa apariencia que teje el sistema para justificar que siga girando su rueda (mapas del camino hacia el edén, recetas de esperanza, paraísos) se contrapone la cruda realidad (los mapas son falsos, las recetas están caducadas, y los paraísos son de papel) ¿Y entonces qué hacer? ¿Angustia, desesperación, impotencia, fatalidad? ¿Y por qué no lo contrario? Si tomamos el fracaso como punto de partida, si somos capaces de elegir el camino equivocado que no tenga fin, si la rendición sin lucha no implica necesariamente una derrota, si cavamos las trincheras de la confusión eligiendo una bella mentira, etcétera, etcétera… entonces tal vez merezca la pena sentirse cansado de esperar el momento en que Lapido componga e interprete nuevas canciones para su deleite y, por supuesto, el nuestro. Porque claro, lo sustancial al fin y al cabo no deja de ser tanto el contenido como el continente. Es decir, el modo o forma de hacernos llegar o transmitir éstas u otras cuestiones. Y en ese caso la música es el medio elegido y desde luego no tiene desperdicio. Una música que –sin nada que perder- transforma lo real en fantasía y, como nadie besa al perdedor, nos ordena –con otra muestra genial de su particular ironía- preparar los epitafios y poner la otra mejilla. Sencillamente fabuloso. Y para finalizar un solo a dos veces repitiendo agónicamente la (en cierto modo) anáfora figura retórica del verso que da título a la canción.

En definitiva, un primer single a la altura de las circunstancias, cautivador, imprescindible, y que incita a embriagarse de lleno con una Cartografía que promete ser un nuevo paso adelante en la evolución musical del autor.

Las palabras vuelven nuevamente una vez más del exilio, y con ellas la certeza de que afortunadamente no todo está perdido en el panorama musical actual, y frente a los productos de consumo facilitados por el poderoso sistema de medios (operación triunfo, eurovisión, y sucedáneos) y satisfechos por nuestra inevitable condición de masa, siempre es posible encontrar rincones secretos donde escuchar una música que asume su ancestral categoría de arte. Cuando el ángel decida volver es justa prueba de ello, y otra vez le diremos a las nubes al pasar que cuando vuelvan ya no estaremos allí mientras seguimos aplaudiendo fervientemente su regreso.