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La Coctelera

El rincon de Morfeo

SE PUEDE MATAR AL SOÑADOR PERO NUNCA EL SUEÑO

10 Septiembre 2008

UNA GRAN TORMENTA

Todos dormían, la ciudad entera dormitaba en los brazos de Morfeo, cuando el cielo se cubrió de sombras y las nubes empezaron a llorar amargamente.

Una figura detrás de una cortina de humo miraba atónita el acontecimiento, jamás pensó que la Naturaleza tuviera tanta fuerza, tanta pasión. Estaba sola en las sombras, mirando el cielo cubrirse con mantas negras, nada tenía en mente, nada estaba pensado, solo disfrutaba de un cielo poco común.

En la tranquilidad de la noche, cuando nadie la veía, bajaba al jardín y se sentaba en la hierba, encendía su cigarro y miraba las estrellas, imaginándose, muy lejos de allí en cualquier planeta lejano, se veía sobrevolando el cielo, navegando por los mares del espacio o simplemente contemplando atardeceres.

Había vivido mucho, quizás demasiado para su corta vida, su alma guardaba recuerdos como un álbum guarda las fotos de las vacaciones pasadas, secretos perdidos, ilusiones pasadas y sueños que ya no se podrían cumplir, guardaba también una pequeña caja de latón una de esas donde las abuelas guardaban las galletas y las pastas, el envoltorio como solía decir ella, era lo de menos, lo realmente importante era el interior de esa caja.

Pocos sabían de la existencia de aquella vieja caja, que cuidaba con tanto esmero, menos aún los que conocían lo que la caja encerraba y es que tenía miedo de perderlo, de que alguien envidioso se lo pudiera robar o incluso peor que alguien pudiera hacerle daño a su gran tesoro, el único, el bien más grande que jamás había conocido.

Le gustaba mirar al infinito y perderse en unos ojos sinceros, escuchar hablar al viento y escribir historias con la mente, no necesitaba de mucho para ser feliz y andaba por la Tierra como si su vida fuera un regalo, nada tenía, nada buscaba, nada quería y nada ansiaba, le bastaba un amanecer frío para recordarse siendo niña, un chocolate, para volver a creer en los reyes magos, un atardecer para oír rugir al sol o una noche estrellada para soñar.

Aquella noche era diferente, lo notaba en el ambiente, su fiel acompañante, su perro no la acompañaba y se sentía un olor especial y una humedad poco común para ser 9 de septiembre, pero ella estaba tranquila, se sentía segura, se sabía a salvo con el único paraguas que era la capucha de su sudadera, sus pensamientos enfrentados, por un miedo que no entendía y un instinto caprichoso.

No se movió, ni siquiera cambió su rostro ante las primeras gotas, se terminó el cigarro y siguió mirando al cielo, perdiéndose en sus estrellas ahora tapadas por las nubes,pareciera que supiera exactamente donde están, como si con cerrar los ojos, le fuera suficiente para volar entre ellas, después de unos minutos en otro mundo, en el suyo, en sus pensamientos, sumergida en sus sueños e ilusiones y empapada de agua fría, se levanto en silencio encendió otro cigarro y se encaminó al porche, allí le esperaba un chocolate caliente y una mecedora, nada más necesitaba para ver crecer la tormenta.

La casa estaba oscura, ninguna luz encendida, ningún inquilino despierto, solo ella su mecedora, su chocolate y su cigarro en la boca. Era tan simple sentirse libre, respirar aire puro e inhalar su esencia, la esencia de la vida que podría quedarse horas mirando la tormenta.

Desde pequeña siempre le gustaron las tormentas, los truenos, los relámpagos, los truenos, el frío, el cielo, sobretodo el cielo, le hacían sentirse insignificante, impotente, un mero espectador, pero aquella noche fue diferente, los relámpagos eran oscuros, los truenos no sonaban y el frío era dulce y el cielo, ¿qué decir del cielo? solo era una capa oscura y sombría, comenzó a granizar, granizos tan grandes como una pelota de pin pon, sacudieron los cristales de un viejo coche y comenzaron a cubrir el suelo, los arboles trataban de resistir sus acometidas, pero solo consiguieron perder sus hojas, el suelo temblaba y ella desde el porche observaba atónita como la fuerza de la Naturaleza hacía que aquello que guardaba en esa caja de latón se sobrecogiese y sintiese miedo.

La tormenta pasó, los daños fueron muchos, pero salvables, hoy tendrá que recoger las hojas caídas y los cristales rotos, sacar el agua del garaje, necesitara algún tiempo antes de poner todo en orden, pero mira al cielo y da gracias porque su cajita de latón sigue intacta, ni un granizo se acercó.

Nota: Dedicado a todos aquellos que vivieron la tormenta de granizo de anoche,

Madrid 9 de septiembre.

servido por morfeo 2 comentarios compártelo

2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Lydia

Lydia dijo

Que bonita imagen viendo la hierba, los pensamientos, la cajita de latón y cada uno de esos instantes... Por cierto, lo ví enlas noticias... vaya granizada, impresionante ¿no?

11 Septiembre 2008 | 11:41 AM

morfeo

morfeo dijo

Si, fueron 15 minutos impresionantes, casi daba miedo, pareciera que fueran a estallar todos los cristales, es increible la fuerza de la Naturaleza, cada vez me sorprendo más.

A mi es una de las imágenes que más me gustan.

11 Septiembre 2008 | 10:43 PM

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